Editorial del 44º Festival

Hacer un festival internacional de cine tiene hoy, quizás más que nunca, objetivos superpuestos. Acercar el mejor cine del mundo a audiencias que de lo contrario, no tendrían acceso a él, es, evidentemente, el primero. Es este el motivo por el que los festivales nacen, al menos en el sur global: las ansias de ver cine. Es exactamente la misma razón por la que hace 73 años nacía nuestra Cinemateca. Aquellos pioneros que pensaron que, si querían ver las películas una y otra vez lo mejor era guardarlas, un poco más tarde pensaron que si querían ver las mejores películas de todo el mundo en el momento que se estaban produciendo tenían que tener un festival internacional de cine. Era la única manera de saber el estado del arte que amaban. La única forma de tomarle el pulso al cine sin tener que lidiar con los vaivenes y veleidades de la exhibición comercial, a sabiendas de que había cinematografías que ni en el mejor de sus sueños llegarían a estos países. Es cierto: aquellos hombres y mujeres del medio siglo eran muy de remangarse. De pensar que no era descabellado fundar una Cinemateca y un poco más tarde, en plena dictadura militar, un festival internacional de cine tan, pero tan ambicioso que se lanzó al ruedo con tan solo con 16 películas. Debieron pensar que, si 33 gauchos pudieron soñar con un país independiente en estas tierras sin dios, solo el cielo era el límite.


Así el festival se afianzó. En torno de sí las audiencias crecieron, los invitados viajaron a presentar sus películas e intercambiar ideas con los de acá, a encontrarse entre ellos y con el público. Un día, la producción uruguaya fue suficiente como para que el festival empezara a tener un espacio exclusivo para el cine nacional y cuando quisieron acordar pasó lo inevitable: el festival abrió con una película uruguaya. Igual que hoy.

Viendo cine de todas partes, los espectadores se dieron cuenta que era mucho más lo que los unía con la gente de otros rincones del mundo que lo que los separaba, pero también vieron que lo distinto era la manera de contarlas. Así, el cine se estiró, se agrandó y expandió hasta que se volvió evidente que no había ninguna regla inviolable a la hora de narrar con imágenes.


Otra cosa que se volvió evidente fue que el cine no ocurría solo en las pantallas, sino también en las butacas y los pasillos, donde, de pronto, uno tenía mucho en común con un desconocido que se había sentado al lado. Así, el cine fue visto, pero también hablado, compartido, recomendado, discutido y, a veces, hasta peleado. En ese trance la gente cayó en cuenta de que no era posible contar una película aunque era posible querer vivir en ella y así fueron volviendo película a película, festival a festival en este ritual anual que los hermanaba en algo que era a la vez, permanente y efímero.

Traer estas películas y ofrecerlas en una pantalla era tener la certeza de que en cierta medida también fueron concebidas para verlas acá, como si este porvenir improbable y entonces desconocido, estuviera de algún modo predestinado. Pensar en cada uno de nosotros como su destinatario original y el festival solamente el instrumento que facilitaba un destino.


Sí, hacer un festival internacional de cine tiene muchos objetivos que se superponen. Uno de ellos, el más hermoso, son las películas y su encuentro con ustedes, sus destinatarios. Pero en tiempos de sangre y destrucción, donde reina el horror, la mentira, el abuso y el miedo, en momentos en los que el mundo material parece condenado a volar en mil pedazos arrastrando consigo cualquier noción de verdad, humanidad o simple decencia, hacer un festival internacional de cine es también realizar el más elemental de los gestos de protección: juntarse. Eso es lo que ha sido y seguirá siendo este festival y esta Cinemateca: un lugar de encuentro y resistencia a los tiempos amargos y a las corrientes dominantes. Somos muchos y valientes. 

Bienvenidos de nuevo.