Nuestra tierra

Argentina, Estados Unidos, México, Francia, Países Bajos, Dinamarca, 2025.

Dirección: Lucrecia Martel.

Lucrecia Martel nació en Salta en 1966. Es una de las voces más audaces del cine contemporáneo, creadora de una filmografía que desmantela los andamiajes del relato tradicional para hacer del cine una experiencia sensorial. Desde La ciènaga (2001) hasta Zama (2017), pasando por La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), sus películas no narran sino que provocan, invocan y dislocan. Nuestra tierra implica un giro hacia el documental pero también una exploración de los recursos del propio.

Guión: Lucrecia Martel, María Alché.

Fotografía: Ernesto de Carvalho, Federico Lastrai.

Música: Alfonso Olguín.

Elenco: Mariana Carrizo (voz), Comunidad Indígena Chuschagasta.

Duración: 122 min.

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abril

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30

2026

mayo

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02

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mayo

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03

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mayo

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05

2026

mayo

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06

2026

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Quedan 174 butacas disponibles para la función del miércoles, 06 de mayo a las 19:20

Sinopsis

El título es en extremo sencillo y, sin embargo, allí empieza la confusión, como si en el lenguaje conviniera no fiarse. La polisemia del título empieza por el posesivo ¿quién habla? ¿la tierra de quién es? Y por extensión ¿cómo puede ser así de terrible nuestro planeta?  

En 2009, un hombre y dos cómplices intentan desalojar a los miembros de la comunidad indígena de Chuschagasta, en el norte de Argentina. Reclamando la propiedad de la tierra y armados con pistolas, matan al líder de la comunidad, Javier Chocobar. El asesinato quedó grabado en vídeo. Tras nueve años de protestas, en 2018 se abre finalmente un proceso judicial. Durante todo este tiempo, los asesinos siguieron libres. La película combina las voces y fotografías de la comunidad con imágenes de los tribunales para explorar la larga historia de colonialismo y despojo de tierras que condujo al crimen. La película aborda la posibilidad de reconstruir el lenguaje fílmico: la directora Martel, en primer lugar, intenta reconducir el sentido de un plano general de las tierras de los Chuschagasta desechando la épica eminentemente inscrita en cada imagen de los westerns más tradicionales. A la pregunta de si es posible recorrer esas llanuras con la cámara sin olvidar la violencia que allí ha acontecido y, al mismo tiempo, sin recurrir al lenguaje de los colonos, Martel responde que alguna vez sí.

La película parte de un hecho real (un crimen del poder) para convertirse en una declaración de resistencia y permanencia (hay una pareja eligiendo a pesar de todo el lugar para su futura casa), encarnada en el testimonio de una viuda que emociona cuando habla de sus fotos, sus animales, sus celebraciones. Crítica implacable de un poder racista de clase y sus leyes, Martel saca el foco de la idea de la “víctima” y muestra un sistema –que va desde la lengua, hasta la justicia, pasando claro, por las trampas administrativas– cuya lógica implacable es una máquina de negar, no solamente derechos, sino hasta la mera existencia de un pueblo. Protagonista de una lucha política de siglos contra una clase terrateniente que quiere borrar de la memoria el pecado original del modo como adquirió "sus" tierras (usurpaciones, herencias falsas) para actuar sobre hechos consumados, la comunidad indígena de Chuschagasta se reafirma como sujeto político. Si la lucha por la tierra es el nervio que atraviesa el film, ésta es vida, futuro, esperanza, y acaso la victoria.

Lucrecia Martel nació en Salta en 1966. Es una de las voces más importantes del cine contemporáneo, creadora de una filmografía que desmantela los andamiajes del relato tradicional para hacer del cine una experiencia sensorial. Desde La ciénaga (2001) hasta Zama (2017), pasando por La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), sus películas son la obra cinematográfica latinoamericana más importante del siglo XXI. EL giro de Martel hacia el documental con Nuestra tierra es un alegato político y cinematográfico indispensable para el tiempo presente.

El título es en extremo sencillo y, sin embargo, allí empieza la confusión, como si en el lenguaje conviniera no fiarse. La polisemia del título empieza por el posesivo ¿quién habla? ¿la tierra de quién es? Y por extensión ¿cómo puede ser así de terrible nuestro planeta?  

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